La asimilación benévola de Puerto Rico

Historiografía de la representación estadounidense de los puertorriqueños 1898-1930

Léster López Nieves

Será el deber del comandante de las fuerzas de ocupación anunciar y proclamar en la forma más pública que venimos, no como invasores y conquistadores, sino como amigos, para proteger a los nativos en sus casas, en sus empleos y en sus derechos personales y religiosos.

Proclama de Asimilación Benévola del presidente William McKinley

21 de diciembre de 1898

Emilio_Aguinaldo_(ca._1898)

Emilio Aguinaldo Famy 1898

“Asimilación Benévola” fue el término acuñado por la administración de William McKinley para representar la política imperialista estadounidense durante la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana de 1895 a 1898 que culminó con la toma de Puerto Rico, Guam, Cuba y Las Filipinas. La Proclama de Asimilación Benévola del presidente William McKinley fue emitida particularmente por la victoria sobre España, pero antes de embrollarse en la Guerra filipino-estadounidense y el general Emilio Aguinaldo Famy. “Asimilación Benévola” era la secuela lógica del “Destino Manifiesto” y la Doctrina Monroe, un imaginario condescendiente del racismo seudocientífico que responsabilizaba al hombre blanco anglosajón con la misión de civilizar el mundo. Por otro lado, los cañones norteamericanos no cesaban de bombardear, sitiar y ocupar las playas conquistadas. Eran los dos lados del imperialismo americano: uno traía los frutos del desarrollo industrial capitalista, la “modernización” económica, las ventajas de la tecnología, un gobierno democrático, tolerancia religiosa y justicia social. El otro traía una soberanía determinista que fijaba su poder en la ambigüedad y exigía subordinación so pena de ruina. Esta política “benévola” duró hasta que McKinley fue asesinado sin remordimientos por el también estadounidense León Czolgosz, el 6 de septiembre de 1901, y llegara Theodore Roosevelt con la política del Gran Garrote.

En Puerto Rico, McKinley comisionó ideólogos sin perder tiempo, para cimentar la construcción del discurso del poder. Eran autores de gran capacidad, al modo de los cronistas de antaño comisionados por España, que llegaron, no sólo para “describir” las nuevas posesiones, sino para promover sus potenciales. Cuando los leemos, aunque difieren por veces uno del otro, viene siendo el mismo discurso, el mismo cuento, casi como si se hubieran puesto de acuerdo en algún momento previo a publicación. Henry Carroll, por ejemplo, en su “Report on the island of Porto Rico”, fue metódico y meticuloso. Es un informe de la invasión de Estados Unidos a Puerto Rico que continúa en la tradición de los cronistas, pero con una nueva prédica anglosajona.[1] Informa sobre las condiciones políticas, económicas y sociales de Puerto Rico para hacer recomendaciones. Dice que los puertorriqueños esperaban que se les permitiera enlistarse en las fuerzas armadas de Estados Unidos, que los norteamericanos ocuparan la Isla y se introdujeran costumbres americanas; que bajo la soberanía estadounidense se remediara todos los males dejados por los españoles, que se creara un gobierno honrado y se proveyera un alto grado de libertad civil y comercial, para poder participar de los mercados estadounidenses sin aranceles, hablar inglés, y ser americanos. Sin embargo, según Carroll, los puertorriqueños no estaban capacitados para gobernarse y querían un plan de gobierno hecho por los americanos.

Puerto Rico estaba mejor preparado que México y Centroamérica para recibir a los norteamericanos porque no se fomentaba la revolución, dice Carroll. Predijo que ambos lenguajes, español e inglés, se usarían en los próximos años. Hizo una comparación y señaló que Oklahoma sirvió para llenar el territorio estadounidense de gente, mientras que Puerto Rico servirá para llenar la Isla de capital y empresas americanas, que Puerto Rico es, y debe ser, americanizado, y mientras más rápido se invirtiera el capital, mejor. El comisionado presentó testimonios de los agricultores para establecer, entre otras cosas, que se debía devaluar la moneda en un 50%, que se debían establecer bancos americanos para prestar dinero, dar libre albedrío a los estadounidenses para competir con el monopolio europeo que se llevaba las riquezas del país, y debían reducirse los impuestos injustos. Invitó a los capitalistas yanquis a invertir en la caña, e aseguró que en 300 años desaparecerían los negros, como aliciente al inversionista; que Puerto Rico era la única isla con una población predominantemente blanca en el Caribe.

Uncle_Sam_and_the_Goddess_of_Liberty_bring_freedom_to_Cuba,_Puerto_Rico,_and_the_Philippines_(1898_newspaper_cartoon)Durante la preparación del comisionado Carroll, se documentó el argumento de una amplia representación de los sectores sociales y étnicos de los municipios de la isla.[2] El autor entrevistó empresarios, políticos, funcionarios, jueces, abogados, médicos, banqueros, comerciantes, servidumbre, fabricantes, artesanos, trabajadores de la agricultura y habitantes en general. El comisionado decía que había que felicitar a Estados Unidos por la adquisición de Porto Rico en su trayecto de expansión territorial hacia el Caribe y Centro América. Era importante para Carroll que en Porto Rico se notaba una disminución gradual de las clases de color. Los puertorriqueños eran obedientes y contenidos frente a los españoles, y desde las rebeliones de los taínos en el siglo XVI, no aconteció una insurrección, salvo algunas intentonas intrascendentes en Lares 1868 y Yauco 1897, que al final fueron indultadas por Madrid. El respeto a las leyes era muy fuerte entre los habitantes. Carroll cita a Manuel Fernández Juncos para describir a los puertorriqueños como “carentes de voluntad”. Estimaba que no se cultivaba más de diez por ciento del terreno fértil del país.

Con la llegada de los norteamericanos, se cambiaron los sistemas contributivos, judiciales y gubernamentales. Se descontinuó la asignación presupuestaria que se hacía a la Iglesia. Se disminuyó el precio de la tierra en un 75% y se vacunó sin cargo a la población. También se prohibió la venta de alcohol a menores de catorce años y el general Davis anuló la declaración del horario de ocho horas previamente anunciada por el general Henry. Se organizaron la junta de salud y la oficina de instrucción pública. Luis Muñoz Rivera, secretario de la gobernación en aquel entonces, explicó la situación política a Carroll durante el dominio español en Puerto Rico. Según Muñoz Rivera, había un partido minoritario del gobierno español que controlaba el partido mayoritario de los puertorriqueños. Este partido puertorriqueño, autonómico, se dividió entre los “liberales moderados”, que contaba la mayor parte del grupo, y los “radicales”, quienes eran los menos y recurrían a la violencia cuando no estaban de acuerdo con la mayoría. Según Carroll, Muñoz Rivera no veía gran diferencia de posturas entre liberales y radicales, y afirmó que los puertorriqueños deseaban mantener una “individualidad” política y estaba seguro que Estados Unidos podría encontrar una posición económica satisfactoria. En otras palabras, Muñoz Rivera propuso que los puertorriqueños fueran permitidos un grado de autonomía mientras se acordaba a que los estadounidenses se llevaran las riquezas del país. No era para menos, ante la prepotencia de aquel imperio invasor.

Carroll recomendó, entre otras cosas, que la constitución estadounidense fuera aplicada a Puerto Rico y que los puertorriqueños fueran declarados ciudadanos estadounidenses. También propuso que los hombres mayores de 21 años pudieran votar, que Puerto Rico fuera un territorio como Oklahoma y se confiriera el poder legislativo a los habitantes cualificados; que se eligiera un representante al Congreso, que se adoptaran las leyes de derechos de autoría, que se suspendan las deudas –especialmente debido al desastre del huracán San Ciriaco-, la prohibición de la lotería y la regulación de la prostitución, y que se tradujera la tecnología agrícola a español para los agricultores locales. Carroll preguntó a Muñoz Rivera si le parecía que sería una buena idea convertir Puerto Rico en un territorio. Muñoz le contestó que quería que cesara la ocupación militar lo más pronto posible y que ser territorio sería buena idea si llevaba a conseguir la estadidad. Siempre fue insistente, sin embargo en que Puerto Rico y Estados Unidos eran dos países diferentes. Carroll supuso que los puertorriqueños aspiraban a cierta medida de independencia (“home rule”).[3]

Águila Blanca, puertorriqueño sedicioso

Águila Blanca, líder tiznado

En noviembre de 1898, Manuel Fernández Juncos confiesa a Carroll que Puerto Rico necesita educación, y sugirió que Estados Unidos implantara sus leyes y costumbres, que se encauzara la inmigración de blancos y se liberara el comercio. Carroll inquirió sobre la Guardia Civil, que torturó a los puertorriqueños sediciosos el año de los Compontes. Le contaron sobre las sociedades secretas (la Boicotizadora) que se organizaban para conspirar contra la autoridad de España. También escuchó de los Tiznados y documentó las declaraciones de un juez que se refirió a los crímenes multitudinarios contra los españoles como crímenes de odio en solidaridad con los norteamericanos. Menciona que se usaba un instrumento llamado “Los Palillos”, que eran tres palitos de seis pulgadas aproximadamente, que se amarraban por un extremo y se insertaban entre los dedos de la mano de la víctima. Luego, se amarraban los otros extremos de los palos y se iban apretando hasta que rompían los huesos, lo cual era terriblemente doloroso. Carroll propuso que ambos partidos, el Federal y el Radical, reclamaron ser asimilados por Estados Unidos; pidieron estadidad, comercio, libertad, juicios por jurado, educación y sufragio, entre otras cosas. Recalcó que los puertorriqueños fueron sistemáticamente excluidos de la administración del gobierno, que España discriminaba contra los nativos y que el clero era predominantemente peninsular. La mayoría de los curas se fueron con la llegada de los yanquis. No hubo libertad de prensa hasta la llegada de los estadounidenses. Los pocos puertorriqueños comerciantes eran metódicamente relegados de la banca por los españoles, excepto aquellos en los oficios de la agricultura. También, el comisionado informa sobre la manufactura de azúcar, baúles, carruajes, cigarrillos, cigarros, chocolate, fósforos, hielo, jabón, latas, licores, melaza, ron, sombreros y zapatos, y hace énfasis sobre las muchas fábricas en abandono.

El general George Davis fue el último gobernador militar norteamericano de Puerto Rico (1899-1900). En su informe, más de carácter militar, “Civil Affairs of Puerto Rico”, toma prestado del escrito de Carroll.[4] Davis estableció una corte federal provisionalmente y revisó algunas de las leyes orgánicas de Puerto Rico. Expresaba que la política en Puerto Rico era un “vicio” heredado de los españoles, que consistía en alcanzar el poder a toda costa para entonces repartir puestos gubernamentales entre los amigos, y que los funcionarios se olvidaban del interés público para favorecer a sus secuaces con altos salarios. También denunció la mala costumbre de depender del gobierno para todo. Igual que Carroll, subraya como ventaja que hay más blancos y que la población negra está supuestamente disminuyendo.[5] En 1900, todavía el gobierno español no había terminado de pagar la deuda de la abolición de la esclavitud. Opina el general, tanto como el comisionado Carroll, que a pesar de la amabilidad y el buen recibimiento, los puertorriqueños no están capacitados para gobernarse, particularmente por la cantidad de analfabetas, y no recomienda la autonomía. Sin embargo, luego se contradice en que hay muchas personas educadas e inteligentes, que Puerto Rico es un paraíso para la agricultura y el clima es muy saludable. El general Davis usa a los dominicanos como ejemplo de la ineptitud de los latinos, pero acepta que los puertorriqueños podrían progresar bajo la tutela de los americanos. Igual que Carroll, estima en 300 años el tiempo que tomará depurar a los puertorriqueños de la raza negra. Davis dedicó muchas líneas para describir la vileza de los españoles y la inferioridad de los puertorriqueños, especialmente los trigueños.

William Dinwiddie era periodista y fotógrafo y fue corresponsal de guerra para el semanario Harper’s Weekly durante la invasión de Estados Unidos en Puerto Rico. Escribió “Puerto Rico Its Conditions and Possibilities” como una encomienda del semanario para explorar y promocionar a Puerto Rico como lugar idóneo de los grandes capitalistas, presentando las posibilidades agrícolas, industriales y comerciales, así como para informar sobre las condiciones políticas y sociales.[6] De entrada, alude al fin de la tiranía de 400 años de España en el hemisferio occidental y se refiere a Puerto Rico como “nuestra nueva posesión”. Agradece a los generales Henry y Brooke, y a los oficiales del ejército, por ayudarlo en su trabajo de investigación, y el permiso para ver los archivos militares. Usa fotos en su informe y describe la toma de posesión como triste, por los soldados españoles que estaban casados con mujeres puertorriqueñas y ahora debían abandonarlas, así como a sus hijos, quienes sufrirían de hambre. Comentó que todos estaban callados, esperando que diera la hora para izar las banderas estadounidenses. La actitud de los americanos no era de dictadores, sino más bien de protectores. No hubo discursos ni ruidos rimbombantes, más bien un ambiente amistoso. Expuso que, con el ondear de su bandera en San Juan, Estados Unidos se convirtió en dueño de una gran cantidad de bienes; edificios, puentes, cuarteles, hospitales, fortalezas, etc., a pesar de las tres horas de bombardeo incesante a las que estuvo sometida la ciudad.

Represión española

Represión de la Guardia Civil española

Dinwiddie describe a los campesinos como famélicos con cortas expectativas de vida. Sin embargo, en contrate a los peones del Norte, el tropical siempre cuenta con algo de alimento, de lo que siembra, encuentra o roba en el monte. Se le paga una miseria y trabaja solamente la mitad del año. Trabajan tanto mujeres como niños. Hombres y mujeres no se casan; tal cosa se reduciría sencillamente a menos dinero para el campesino y más para el cura, y de todos modos, en cualquier sitio se podía hacer una casa, incluso debajo de una mata de plátano. Identificó a la Guardia Civil como la tirana oficial de la Isla. Un cañonazo dado por los americanos en el Morro fue como un presagio de felicidad para Puerto Rico. La negra nube de la crueldad española había expirado. Puerto Rico, sin embargo, era un desierto para el hombre pobre que no tenía trabajo. Este sentir se repetiría a través de los informes yanquis, ya que hubo algunos norteamericanos pobres que se embarcaron de inmediato para la Isla a buscar fortuna, pero les fue mal.

Otro informe de promoción para los grandes inversionistas fue “The Porto Rico of to-day”, de Albert Gardner Robinson.[7] Repite lo de sus coetáneos: que Puerto Rico no es lugar para los americanos pobres venir a buscar trabajo, que es solamente adecuado para los grandes inversionistas: “There is no doubt that there is little opportunity for the poor man.”[8] Además, continúa con el son de que, de todas las Antillas, Puerto Rico es dónde hay más blanco. Apoya su trabajo en una serie de cartas obtenidas del periódico “The Evening Post of New York”. Fue a Puerto Rico acompañando un destacamento militar como corresponsal y estuvo hasta el día que se izó la bandera estadounidense el 18 de octubre de 1898. Gardner Robinson estable que su motivo es ofrecer al inversionista americano una idea sobre las posibilidades comerciales en esta nueva posesión. Igual que Dinwiddie, incluye fotos. Es un trabajo escrito a manera de diario, que parece una guía turística, con análisis económico y militar. Critica la preparación militar de la invasión y la describe como desorganizada. Retrata al puertorriqueño como amable y cortés pero sin ser sumiso. Menciona la excelencia del café y compara a los caficultores de Puerto Rico con los negros algodoneros del sur estadounidense. Pone el interés comercial en orden de prioridad: café primero, azúcar y tabaco secundarios. Hace planes de cómo rociar las calles de Ponce en caso de sequía. Hace, además, un inventario de los suministros de las tiendas. Compartió entre algunas familias locales que le exclamaban constantemente con un “vivan los americanos”. Deseaba que Puerto Rico fuera como una “Bermuda americana”, y catalogó a Puerto Rico como una de las mejores islas jamás adquiridas por Estados Unidos. Describió a Ponce como una ciudad rústica donde, aunque organizada, no había lujos ni comodidades. Reiteró, como los demás, que contrario al resto de las Antillas, en Puerto Rico había mucho blanco, y concluyó que en Puerto Rico no había tanto racismo como en Estados Unidos.

Marian George era una maestra que quería educar a los niños norteamericanos sobre quiénes y cómo eran los puertorriqueños, por lo cual escribe “A Little Journey to Puerto Rico” en un estilo narrativo.[9] Del mismo modo, se refiere a Puerto Rico como una “nueva adquisición”. Empieza preguntando a los niños si saben a lo que se refiere la gente cuando habla de “nuestras nuevas posesiones”. Publica su libro como texto para las escuelas, para introducir a los niños entre 10 y 15 años a la historia de Puerto Rico. Por supuesto, omite la parte sanguinaria, donde los estadounidenses invaden. Pinta un cuadro “típico” del Puerto Rico de la época: niños desnudos jugando por las calles, hombres y mujeres fumando, ociosos; pregoneros a caballo con sus mercancías. Recalca la variedad de los colores de la piel y divide a los puertorriqueños en cinco clases sociales, y reitera lo mismo que repiten los informes; que hay más blancos que negros, la crueldad de los españoles contra los puertorriqueños, etc.

Mujer boricua, Viejo San Juan

Mujer boricua, Viejo San Juan, 1898

Explica la maestra que las mujeres están bien guardadas en sus casas, se dedican a tejer y bochinchear, y tienen poco interés en el estudio. A los blancos pudientes no les agrada el trabajo y tienen muchos sirvientes, a quienes solamente pagan con cuarto y comida. Los puertorriqueños son vagos e ignorantes, pero son amables, y educables. A los niños les enseñan a pedir dinero desde muy temprano, para mendigar por el pueblo y aportar al sustento del hogar. En Ponce, se requiere una licencia a los pordioseros. En algunas casas dejan monedas en el balcón para los niños. Los niños son muy cooperadores, pero todos tienen un cuco, que parece un perro silvestre. ¿Cómo? Sí; cada niño tiene su cuco de mascota, y debe tener cuidado que no se lo coma, porque a veces, a esos cucos, les da mucha hambre. La autora le llama a estos cucos “bugaboo”. El pueblo puertorriqueño, sostiene Marian George, es muy leal a la nación estadounidense y está ansioso en adoptar sus costumbres. Cada noche, una banda toca el himno de Estados Unidos antes de bajar la bandera.[10]

Karl Stephen Herrmann, autor de “From Yauco to Las Marias”, es un hábil observador que apunta con detalle el recorrido y las faenas de las tropas del general Teodoro Schwan, que marcharon hacia la parte occidental de la Isla.[11] Es un estilo narrativo, crónica de la entrada de los militares por Yauco. Para variar, Herrmann escribe que los puertorriqueños veían a los yanquis con desconfianza, disgusto y miedo, lo cual dista de la acostumbrada impresión de que se recibieron a los invasores con gran alegría. Había guías puertorriqueños que ayudaban en las avanzadas de los militares, algunos de los cuales fueron capturados por los españoles, pero luego liberados y recompensados por los americanos. Dice Herrmann que el ambiente mejoró luego de la proclama de Miles.[12]

Para los americanos –según él, y su proyección de la moral-, era como una ofensa capital violentar la paz de los puertorriqueños, al menos durante la guerra. Esto creó un grado de molestia entre los soldados, quienes no pensaban que todos los ciudadanos de Puerto Rico merecían respeto por igual, y era inaudito que les fueran anulados los “placeres” de la guerra (violar y robar, por ejemplo). Una sexta parte de la población puertorriqueña –según Herrmann-, de cepa blanca española, podía ser considerada como una valiosa adquisición para Estados Unidos. Sin embargo, la gran mayoría de los puertorriqueños iban a representar un problema por ser “ignorantes, sucios, mentirosos, vagos, traicioneros, homicidas, crueles,” y como si eso fuera poco, “negros”. España pudo controlar a los nativos por medio del discurso penitente de la Iglesia católica. El racismo en Puerto Rico –observó el escritor, contrario a Gardner Robinson-, es tan definido como en Kentucky; aunque se junten unos que otros blancos y hombres de color en asuntos de negocios, jamás se mezclarán socialmente. Las mujeres blancas son vigiladas estrictamente hasta el matrimonio –y aún luego-, y aprenden algunas artes, pero nunca se ensucian las manos con el trabajo y no se inclinan hacia la educación. Por otro lado, y como si no hubiera dicho lo anterior, concluye que para quitar el estrés no había nada mejor que darse un viaje a Puerto Rico, que era un edén.

Alfred Mahan fue un extraordinario estratega naval. En su “Lessons of the war with Spain and other articles”, desarrolló un análisis geopolítico importantísimo para la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana y los planes expansionistas de Estados Unidos en la mejor tradición de la Doctrina Monroe.[13] Estados Unidos vio la importancia militar de Puerto Rico para la vigilancia de Cuba, el futuro canal de Panamá y el Pacífico. Vieron la ventaja por la distancia de los países europeos, que no podrían realizar operaciones en el Caribe si no tenían bases militares para abastecerse. Puerto Rico, según Mahan –y secundado por el general Miles-, debía ser el primer objetivo de operaciones para Estados Unidos.[14] Los norteamericanos se dieron a la tarea de aniquilar el comercio español con antelación a la guerra, un bloqueo que ocasionó la pérdida de los mercados de Cuba, Puerto Rico y Las Filipinas para Madrid.

Cayetano Coll y Toste

Cayetano Coll y Toste

Rudolph Adams Van Middeldyk, en cambio, era un historiógrafo formal. En su “History of Puerto Rico” –primer libro de historia de Puerto Rico en inglés-, es, también, el primero en usar una bibliografía.[15] Van Middeldyk trabajó la historiografía puertorriqueña estudiando a Brau, Coll y Toste, Acosta y las crónicas españolas. Fue bibliotecario de la Biblioteca Pública de San Juan y, crítico de España, trató de justificar la invasión militar estadounidense. Su obra fue editada por Martin G. Brumbaugh, primer comisionado de Educación estadounidense en Puerto Rico. El estilo de hacer historia de Van Middeldyk es definitivamente positivista. Brumbaugh, en su prefacio, reconoce la importancia geopolítica de Puerto Rico. Plantea que Puerto Rico siempre fue autosuficiente y de provecho para España. Puerto Rico –decía Brumbaugh-, era un país de pocos ricos y muchos peones, sin clase media. Los pobres inspiran lástima pero, educados, son la única esperanza para el país. La población en general no sufre de la falta de civilidad, sino de un régimen corrupto que ha tenido que aguantar.

Brumbaugh caracteriza a los puertorriqueños como “conformistas estoicos” frente a la centenaria tiranía española. El problema en ese momento era que el ejército de Estados Unidos estaba haciendo por los puertorriqueños lo que los puertorriqueños debían hacer por sí mismos. De todos modos, estaban mejor ahora que antes, decía el profesor. Todo había mejorado desde que llegaron los americanos, y Brumbaugh llama al presidente McKinley “Padre de la Libertad” en Puerto Rico. Brumbaugh continúa con el señalamiento de que no había historias de revueltas u oposición a España, que los puertorriqueños eran sumisos. No había clase media y los pobres inspiraban compasión. Siempre habían sido leales, sumisos y trabajadores, y, según el educador –como dijera Carroll-, no hay historias de rebeldías y la Isla siempre resultó un beneficio económico para España. Puerto Rico era, además, “autosuficiente”, a pesar de la mediocridad administrativa madrileña. En 1903, dice Brumbaugh de los puertorriqueños: “The effect of all this upon the people of Puerto Rico has not been considered. Their rights and their needs have not come to us. We have not taken President McKinley’s broad, humane, and exalted view of our obligation to these people. They have implicitly entrusted their life, liberty, and property to our guardianship.”[16]

Van Middeldyk alude a la Carta Autonómica como un intento tardío de la Corona española para manejar sus colonias de ultramar, que realmente parecía más una burla a los reclamos legítimos del pueblo, que ya no confiaba en la metrópoli por tantas promesas rotas. Por eso, los puertorriqueños no vieron en los soldados americanos una amenaza de conquista sino más bien una esperanza de salvación contra la centenaria tiranía hispánica. El clima, además, era saludable para el hombre blanco, según él, y el paisaje de una belleza insuperable en el mundo. No obstante, Van Middeldyk luego confiesa que muchos habitantes beben agua sucia y viven en los manglares, y sus hogares son antihigiénicos, igual que los indios. Los jíbaros eran anémicos y siempre se veían enfermos, quizá por el desgaste muscular, debido a que eran blancos y se tuvieron que adaptar a los estilos de vida de los indios y los negros. No eran dados a la limpieza, decía el autor, y se pasaban fumando o mascando tabaco, y bebiendo ron “sin emborracharse”. También hace referencia a los estragos del paludismo entre la población campesina.

Jíbaros en Manatí, 1909

Jíbaros en Manatí, 1909

Aunque tenían fama de ser vagos, los puertorriqueños –resaltaba Van Middeldyk -, eran capaces de trabajar de diez a once horas diarias si se les pagaba bien. Las mujeres eran fecundas y cada una tenía de seis a diez hijos. Los puertorriqueños no eran muy inteligentes, no sabían hablar y sus canciones eran, por lo general, obscenas y sin significado. El raspe del güiro volvía loco a cualquiera, decía Van Middeldyk, y vaticinó que con el tiempo desaparecerían los jíbaros y serían reemplazados por una mejor clase de obrero, más educado y trabajador. En su carácter seudocientífico, el historiador asevera que la mezcla de los españoles con las indias y las africanas produjo una raza de mestizos inmorales, porque siempre predominan las características de la peor de las razas. Por eso, era necesario introducir parejas de blancos, y mejorar la raza. Cita a Brau para construir las características de cada raza: “de los indios vienen la vagancia, el conformismo, el desinterés y la hospitalidad, de los negros la resistencia física, la sensualidad y el fatalismo, y de los blancos el amor, el patriotismo, la perseverancia y caballería.”[17] Para afinar su arenga promocional, anuncia que Puerto Rico está en un lugar excelente para convertirse en un centro comercial internacional –puente entre Norte y Sudamérica.

Paul Miller, comisionado de Instrucción de Puerto Rico entre 1915 y 1921, publica el primer libro de historia de Puerto Rico en español por un norteamericano, “Historia de Puerto Rico”, en 1922.[18] Igual que sus coetáneos, construye una apología sobre los cubanos, que no se rendían gracias al apoyo que les brindaba Estados Unidos, y que esa fue la razón para los yanquis invadir Cuba y Puerto Rico. Dice Miller que hay temas de Historia que no contribuyen en nada al progreso de Puerto Rico. Por lo tanto, decidió omitirlos en su texto. Algunos de los temas omitidos incluyen: la ejecución de El Águila, los marinos ingleses que atacaron Puerto Rico en 1797, argumentos de política ocasionales, la cronología de los acontecimientos y particularmente el tema de la esclavitud, ya que lo único meritorio de recordar, según el autor, es la abolición. Vuelve otra vez sobre los pasos de Lasierra. Miller apunta que la bandera americana se izó con los aplausos de la multitud. Desde el día 10 de diciembre de 1898, el tratado de paz firmado en París dispuso que el Congreso de Estados Unidos determinara los derechos civiles de los puertorriqueños. Elogia a Manuel Elzaburu, Alejandro Tapia Rivera, José Julián Acosta, Julio Vizcarrondo, Rafael de Labra y Baldorioty de Castro. Cita al gobernador Macías, cuando apela a la lealtad de los puertorriqueños para que le hagan frente a los americanos. Dice que la razón del bombardeo de San Juan se debió a que Cervera se había escondido en la bahía y reitera que la causa de la guerra era el sufrimiento de Cuba.

José Julián Acosta

José Julián Acosta

De los puertorriqueños, el historiador norteamericano dice que al principio, y por la acostumbrada tiranía de los españoles, desconfiaron de los yanquis. Acusa a los españoles de negligentes por la cantidad de analfabetas que había en Puerto Rico. Estados Unidos impuso una dictadura militar en Puerto Rico, pero sin el propósito de intervenir con la población civil –a menos que fuera necesario. Como los puertorriqueños desconocían el idioma inglés, y como estaban tan acostumbrados a desconfiar de los gobernantes, no entendían las “buenas intenciones” del nuevo régimen. En febrero 1899, el gobernador norteamericano Guy Vernor Henry disolvió finalmente el gabinete autonómico, porque no era compatible con las leyes estadounidenses. Entre otras cosas, Henry abolió la tortura en el presidio. Por supuesto que Miller ve que Estados Unidos llegó a Puerto Rico para salvar a los puertorriqueños de sí mismos. En Adjuntas, Yauco y Ponce, los tiznados atacaban a los españoles en nombre de Estados Unidos. Los militares americanos, sin embargo, respetuosos de la civilidad, fueron tras ellos y los sometieron a juicios marciales. El gobernador Davis reconoció que el trabajo de Cayetano Coll y Toste fue determinante para la gestión gubernativa. Los puertorriqueños se decepcionaron con la Ley Fóraker porque no era tan liberal como la Carta Autonómica, y fueron imposibilitados de legislar por el país, lo cual quedó enteramente en manos de los norteamericanos. Por ejemplo, el proyecto de ley que apoyaba la creación de un banco agrícola, y que la gran mayoría de los puertorriqueños quería, fue continuamente socavado por los americanos. El gran descontento puertorriqueño fue la razón de que la Ley Fóraker solamente durara 17 años. Aun así, según Miller, gracias a la Ley Fóraker hubo en Puerto Rico mucho progreso. Usa el mismo tono de sus antecesores para caracterizar la gente en Puerto Rico, citando a Lasierra, por supuesto. Escribió la historia de Puerto Rico, según él, porque nadie lo quiso hacer, y era necesario para las escuelas públicas.

Edward S. Wilson fue alguacil federal bajo los gobiernos de McKinley (1900) y T. Roosevelt (1904). Escribió “Political Development of Porto Rico” –un informe comisionado por el presidente McKinley sobre la invasión estadounidense, a modo de diario, o crónica, sin bibliografía anotada.[19] Machaca sobre el mismo discurso, como sus colegas, pero es muy hábil como escritor. Omite ingeniosamente el clamor por la independencia, o la unión territorial, con un total desenfoque de los asuntos capitales de la ocupación estadounidense. Retrata la sumisión como característica y típica de los puertorriqueños. Es tan asidua su dislocación de la realidad, que se percibe en su discurso un alto grado de violencia en forma de represión y falso altruismo. Tergiversa la realidad con un constante enredo intransigente que no da lugar al discurso puertorriqueño, despachándolo como “sagastista” algunas veces, y resaltando la “ambigüedad” de los representantes como signo de sumisión o desconcierto. Sin embargo, y a pesar de las constantes torpezas de los políticos en las astutas trampas estadounidenses, se percibe un aire de temor de rebelión en sus entrelíneas. Positivista y determinista, a modo de mal augurio estima que la cultura latinoamericana prevalecerá en Puerto Rico, y que al final será más lo que los americanos aprenderán de los puertorriqueños que lo que los puertorriqueños aprenderán de los americanos. Corrige la expresión de “asimilación benévola” del presidente McKinley y la cambia a “asimilación mutua”. No es tan racista como para reconocer que las diferencias entre el hombre del norte y el del Caribe se complementan y pueden resultar en un beneficio para la nación norteamericana.

Alejandro Tapia Rivera

Alejandro Tapia Rivera

El trabajo de Wilson es uno más de la serie de informes comisionados por el gobierno estadounidense para conocer y promover el nuevo territorio adquirido. Transforma la historia al principio del siglo XX apoyándose en Carroll. Aunque el discurso de Wilson aparenta ser muy ecuánime, desde su perspectiva, enfoca la realidad histórica como un acontecimiento ajeno, separado de toda relación universal. Los gobernadores elegidos para Puerto Rico por el presidente son hombres bonachones con un alto sentido de deber patriótico, al igual que los demás oficiales norteamericanos escogidos para los puestos del gobierno. Asume la posición del benefactor paternal que llega a poner la casa en orden, pero con la dificultad ocasionada por los políticos locales. A pesar de elogiar a Luis Muñoz Rivera, lo caracteriza como el propio diablo, manipulando todo tras bastidores. Alude al estilo “petulante” de los políticos puertorriqueños, que en vez de mantener sus posiciones como hombres de categoría, prefieren abandonar la plaza en medio de la discusión, por una supuesta “virtud vanidosa” que rehusaba reconocer la derrota o la carencia de razón sobre la política o el gobierno. Toda esta obra, ingenua o ingeniosamente, desconecta la realidad de Puerto Rico del resto del mundo, en especial de Estados Unidos. Se enfoca exclusivamente en el ambiente politicopartidista puertorriqueño y recalca el trato “preferencial” de los estadounidenses, que recién invadían y debían, a su entender, borrar todo el legado, costumbres y mentalidades españolas. Muchas cosas eran ciertas: la tiranía de España, la lucha politicopartidista interna, la crisis económica, la incertidumbre, la estúpida creencia de que los norteamericanos llegaban para traer la salvación –analogía de los taínos esperando a los dioses. Wilson no negaba el descontento puertorriqueño, pero no acababa de dar con la solución, la cual sería lo imposible: que Estados Unidos se fuera de Puerto Rico y nos dejara bregar con el cataclismo de una colonia sin metrópoli. A veces parece algo ingenuo, o ambivalente, en sus alegatos. Concuerda con Carroll de que Puerto Rico debía tener alguna clase de autonomía. Estados Unidos, dijo Wilson, tenía una deuda moral con Puerto Rico.

No obstante, Wilson plantea que los puertorriqueños carecen de moral y el gobierno español no pudo ser más corrupto. Escribe que el legado de España en Puerto Rico fue la innegable degradación moral e intelectual. Hace un análisis responsable cuando se refiere a la tiranía de los gobernadores españoles, que venían a Puerto Rico a vaciar sus arcas con la corrupción, la treta y la estafa. La práctica cultural enseñó, por siglos –según Wilson-, que la autoridad gubernamental estaba concebida específicamente para engañar y robar. Es una observación de Wilson que cala muy profundo. Al final, aclara, es la culpa de España, que tenía el poder sobre la sociedad. Nota el fuerte clasismo, la división entre los propietarios, que “no trabajaban”, y los proletarios, la gente común, que sí, tenía que trabajar para vivir, y resalta que el campesino trabaja duro. Otro problema es la religión católica, que según Wilson, deberá cambiar, si es que se pretende hacer ciudadanos estadounidenses de los puertorriqueños. En suma, recomienda la americanización de los puertorriqueños. Sin embargo, está conciente de que los puertorriqueños quieren una buena relación con Estados Unidos o prefieren la independencia. Varias veces el autor alude a la idea de la Asamblea de Ponce y lo que allí se dijo en 1887.

Román Baldorioty de Castro

Román Baldorioty de Castro

Esencialmente, Wilson hace lo que hicieron los otros cronistas yanquis –ofrecer una idea sobre el ambiente en Puerto Rico, la vida política-, y como Van Middeldyk, la complementa con la nota de los autonomistas y la Carta Autonómica. Hace énfasis en la estrategia de Sagasta para apaciguar los ánimos revolucionarios de Cuba mediante la oferta de una autonomía limitada. El pacto con los liberales en Puerto Rico hubiera sido perfecto de no haber irrumpido la disidencia de Barbosa y sus seguidores puristas. Esta dicotomía no le dio el cariz esperado al “autonomismo de última hora”, y como remedio frustrado al fin, no sirvió para persuadir a los cubanos. Cánovas del Castillo nunca habría consentido a una autonomía limitada y bochornosa propuesta por los liberales puertorriqueños, que fue rescatada, ya natimuerta, por Sagasta. Wilson retrata a Muñoz Rivera como un oportunista que pacta con los liberales de España para asegurar una posición de poder en Puerto Rico. Documenta los ataques de las “turbas republicanas” contra los unionistas. Los republicanos quedan retratados como incondicionales de Estados Unidos, que piden se celebre la invasión. Muñoz Rivera denunció a Estados Unidos como un conquistador que vino a hacer siervos de los puertorriqueños. Muñoz y De Diego estaban decepcionados porque ni siquiera se declaraba a Puerto Rico como territorio, o colonia, ni mucho menos, Estado. Ya los americanos habían construido su imagen de los puertorriqueños. Knowlton Mixer cita las “investigaciones” del decano de la Universidad de Puerto Rico, Fred Fleagle, para asegurar que la negritud y el incesto hacían del puertorriqueño un degenerado.[20]

Los estadounidenses invadieron Puerto Rico como parte de un plan de expansión hacia el Caribe en su afán por el control del paso marítimo para el comercio. Sin perder tiempo, enviaron –suplemento de las fuerzas armadas-, una batería de intelectuales, escritores y observadores, para componer un discurso de poder usando el determinismo positivista como arma de justificación, exterminio o sometimiento. Ingeniosos, al fin, unieron el discurso español al propio para fabricar la imagen de los puertorriqueños. Se hizo con la única intención de implantar su imperio por sobre todas las cosas, físicas o intelectuales. Se insertaron en la historia, en la educación, política, economía, etc. con el fin de hacer desaparecer las “especies inferiores” y proliferar su ralea. La aniquilación histórica, la destrucción del “degenerado”, constituiría la mejor vida de ellos; del “otro”, que no somos nosotros, ni lo que pensamos, ni lo que sabemos. En palabras de la escritora estadounidense Toni Morrison, premio Nobel de Literatura 1993, no hay tal cosa como “razas”; solamente hay una, la raza humana, y el racismo es una construcción social elaborada especialmente para el lucro, o para satisfacer a las personas que necesitan estigmatizar a otros porque se sienten inferiores, y de esa manera, señalan o critican para definir una mala conducta o alguna característica negativa. El racismo, como tal, es muy doloroso y perjudicial para las personas que son víctimas, por el color de su piel o su condición socioeconómica.[21] Nuestra respuesta inequívoca a todo este discurso derrotista es entender lo que se ha hecho y no creer el perfil social que el otro construye y pretende que creamos de nosotros mismos.

 

Lecturas

Brau, Salvador. Puerto Rico y su historia: investigaciones críticas. Valencia: Imprenta de Francisco Vives Mora, 1894.

Carroll, Henry K. Report on the island of Porto Rico. Washington DC: Treasury Department, 1899.

Davis, George W. Civil Affairs of Puerto Rico. Washington DC: Government Printing Office, 1900.

—. Military Government of Porto Rico. Washington DC: Government Printing Office, 1902.

Dinwiddie, William. Puerto Rico Its Conditions and Possibilities. New York: Harper and Brothers Publisher, 1899.

Fleagle, Fred K. Social Problems in Porto Rico. New York: D. C. Heath & Co., Publishers, 1917.

Foucault, Michel. Genealogía del racismo. Traducido por Alfredo Tzveibel. La Plata: Editorial Altamira, 1975.

Gardner Robinson, Albert. The Porto Rico of to-day. New York: Charles Scribner’s Sons, 1899.

George, Marian M. A Little Journey to Puerto Rico. Chicago: A. Flanagan Company, 1900.

Herrmann, Karl Stephen. From Yauco to Las Marias. Boston: Richard G. Badger & Co., 1900.

Mahan, Alfred T. Lessons of the war with Spain and other articles. Boston: Little, Brown, and Company, 1899.

Miller, Paul G. Historia de Puerto Rico. Chicago: Rand McNally y Compañía, 1922.

Mixer, Knowlton. Porto Rico, History and Conditions. Segunda edición. San Juan: Ediciones Puerto, 2005.

Morrison, Toni, entrevista de Stephen Colbert. The Colbert Report, Episode: 11027 (19 de noviembre de 2014).

Van Middeldyk, Rudolph Adams. History Puerto Rico. Middlesex: Echo Library , 1903.

Wilson, Edward S. Political Development of Porto Rico. Segunda edición. San Juan: Ediciones Puerto, 2005.

[1] (Carroll 1899)

[2] De sobre 800 páginas de texto, más de 700 son dedicadas a entrevistas, datos y estadísticas.

[3] (Carroll 1899, 234)

[4] (Davis, Civil Affairs of Puerto Rico 1900)

[5] Este determinismo biológico es examinado por Michel Foucault: Esto permitirá decir: “Cuanto más las especies inferiores tiendan a desaparecer, cuantos más individuos anormales sean eliminados, menos degenerados habrá en la especie, y más yo -como individuo, como especie- viviré, seré fuerte y vigoroso y podré proliferar. La muerte del otro -en la medida en que representa mi seguridad personal- no coincide simplemente con mi vida. La muerte del otro, la muerte de la mala raza, de la raza inferior (o del degenerado o del inferior) es lo que hará la vida más sana y más pura”. (Foucault, Michel, Genealogía del racismo. Traducido por Alfredo Tzveibel. La Plata: Editorial Altamira, 1975, página 206.) En sus Investigaciones críticas, Salvador Brau (1842-1912) secunda al autonomista barbosista, el doctor Francisco del Valle Atiles (1852-1917), quien dirigió el Ateneo Puertorriqueño y fuera alcalde de San Juan en 1898: A causa del predominio que siempre tuvo y sigue teniendo en Puerto Rico el elemento caucásico, y atentos a los datos que la observación nos suministra, puede asegurarse que la raza negra, no engrosada por la inmigración, está llamada a desaparecer de la isla por fusión dentro de la raza superior que la absorbe, modificándose a su vez. En este cruzamiento que presenciamos, el aniquilamiento de la raza negra no se produce ya porque las enfermedades o el mal trato la hagan y menguar, sino porque la raza blanca renueva constantemente sus representantes, mientras que la abolición de la trata cortó la corriente inmigratoria del negro. (Brau, Salvador. Puerto Rico y su historia: investigaciones críticas. Valencia: Imprenta de Francisco Vives Mora, 1894, página 360.)

[6] (Dinwiddie 1899)

[7] (Gardner Robinson 1899)

[8] (Gardner Robinson, 218)

[9] (George 1900)

[10] (George, 35)

[11] (Herrmann 1900)

[12] La proclama a los habitantes de Puerto Rico del general Nelson Miles el 28 de julio de 1898, es el discurso de “asimilación benévola”: …No hemos venido a hacer la guerra contra el pueblo de un país que ha estado durante algunos siglos oprimido, sino, por el contrario, a traeros protección, no solamente a vosotros sino también a vuestras propiedades, promoviendo vuestra prosperidad y derramando sobre vosotros las garantías y bendiciones de las instituciones liberales de nuestro Gobierno. (Traducción de Miller.)

[13] (Mahan 1899)

[14] Russell Alger describe cómo se suscita la discusión entre los generales, el secretario de Guerra –él mismo- y el presidente sobre el primer lugar donde debía la invasión desembarcar. Hubo incertidumbre sobre quiénes serían los generales a la cabeza de las expediciones a Cuba y Puerto Rico, y cuál debía ser la primera en ejecutarse. Nelson Miles insistía que Puerto Rico era más importante. Como resultado, Miles decidió encargarse de la campaña a Puerto Rico, aunque en segundo orden. De hecho, Alger comenta que fue un error de Miles, puesto que se había perdido la mejor de las batallas, la de Santiago de Cuba. Llegando a Puerto Rico, desde su salida de Guantánamo la noche del 21 de julio de 1898, el general Miles cambió sus planes al último momento, y en vez de invadir por Fajardo, optó entrar por Guánica. Ver: Alger, Russell A., The Spanish-American War, páginas 59, 60, 69 y 304.

[15] (Van Middeldyk 1903)

[16] (Van Middeldyk, 5)

[17] (Van Middeldyk, 81)

[18] (Miller 1922)

[19] (Wilson 2005)

[20] (Mixer 2005, 179-181)

[21] (Morrison 2014)

Anuncios
Esta entrada fue publicada en historia y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s